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PALABRAS
DE UNA MUJER ISRAELI
Nurit Peled, discurso
pronunciado el 8 de marzo de 2005 en el Parlamento Europeo.
Nurit Peled es
israelí y su hija, de 14 años, murió en 1997 en un atentado cometido
por un kamikaze palestino. Fiel a sus principios y en un ejemplo
de coherencia política, ella reclama el derecho a la existencia
de los dos pueblos. Ahora, ante el Parlamento Europeo, Nurit habló
del sufrimiento de las madres palestinas y de la violencia de Estado.
Nacida en 1949 en Israel, Nurit Peled-Elhanan es profesora universitaria
y licenciada en Literatura Comparada. El 4 de septiembre de 1997,
la hija de Peled-Elhanan, Smadar, de 14 años en ese entonces, fue
una de las cuatro víctimas de un atentado suicida perpetrado en
la parte occidental de Jerusalén por un kamikaze palestino. Cruel
paradoja: el abuelo de Smadar, el general Mattityahou Peled, uno
de los artífices de la victoria relámpago de Israel en 1967 y luego
convertido en pacifista, estaba entre los pioneros del diálogo israelo-palestino.
Sumergida en el duelo por su hija, Nurit, fiel a sus principios,
responsabilizó del atentado y de la muerte de su hija no a los palestinos,
sino a la política del gobierno israelí de Benjamín Netanyahou:
"Cuando mi hija murió, no cedí a la desesperación y pronuncié un
discurso que tuvo mucha resonancia, ya que lo centré en la responsabilidad
de una política miope que se niega a reconocer los derechos del
otro y que fomenta el odio y los conflictos". Nurit Peled-Elhanan
se ha convertido en símbolo del Israel que exige una solución negociada
del conflicto y reivindica de manera inequívoca el derecho a la
existencia de los dos pueblos y los dos Estados en pie de igualdad.
En el año 2001, recibió el Premio Sajarov a la libertad de conciencia
(junto a Izzat Ghazzawi, de Palestina, y Monseñor Zacarías Kamwenho,
de Angola), galardón otorgado por el Parlamento Europeo desde 1988
a personalidades u organizaciones que han marcado con su huella
la lucha en favor de los derechos humanos y de la libertad en su
propio país. Al entregarle el Premio Sajarov, la presidenta del
Parlamento Europeo señaló que el galardón conjunto demostraba "hasta
qué punto nos importa apoyar a todos los que, con sus actos cotidianos,
en un contexto histórico especialmente difícil a pesar de la presión
de los acontecimientos, trabajan sin descanso por el acercamiento
entre los pueblos". Fuente: Mujeres Hoy Invitada el 8 de marzo de
2005 a hablar ante el Parlamento Europeo, en Estrasburgo, con ocasión
del Día Internacional de la Mujer, éstas fueron sus palabras. "Cada
una de nosotras está aterrorizada por una educación que infecta
el espíritu" Gracias por haberme invitado a esta jornada. Siempre
es un placer y un honor estar aquí, entre ustedes. Sin embargo,
debo decir que creo que deberían haber invitado a una mujer palestina
en vez de a mí, porque las mujeres que más sufren la violencia en
mi país son las mujeres palestinas. Y quisiera dedicar mi discurso
a Miriam R'aban y a su marido Kamal -de Bet Lahiya, en la banda
de Gaza-, cuyos cinco hijos fueron asesinados por soldados israelíes
cuando recogían fresas en el campo de fresas familiar. Nadie será
juzgado por este crimen. Cuando pregunté a mis anfitriones por qué
no invitaban a una mujer palestina, su respuesta fue que eso haría
que la discusión estuviera "demasiado localizada". No sé qué es
la violencia no localizada. El racismo y la discriminación pueden
ser conceptos teóricos y fenómenos universales, pero su impacto
es siempre local, y bien real. El dolor es local, la humillación,
los abusos sexuales la tortura y la muerte son todos ellos muy locales,
lo mismo que las cicatrices. Desgraciadamente, es cierto que la
violencia local infligida a las mujeres palestinas por parte del
gobierno y del ejército israelí se ha extendido a todo el planeta.
De hecho, la violencia de Estado y la violencia del ejército, la
violencia individual y colectiva, son hoy el sino de las mujeres
musulmanas, no sólo en Palestina sino allí donde el mundo occidental
ilustrado pone su bota imperialista. Es una violencia que casi nunca
se aborda y que la mayoría de las personas en Europa y Estados Unidos
apenas excusan. Ocurre así porque el denominado mundo libre tiene
miedo del útero musulmán. La grande France de la liberté l'égalité
et la fraternité [La gran Francia de la libertad, la igualdad y
la fraternidad *] está aterrorizada por unas jóvenes que llevan
pañuelo en la cabeza, el Gran Israel judío tiene miedo del útero
musulmán que sus ministros califican de amenaza demográfica. El
todopoderoso Estados Unidos y Gran Bretaña contaminan a sus respectivos
ciudadanos con un miedo ciego a los musulmanes, que son descritos
como viles, primitivos y sedientos de sangre, además de no demócratas,
chovinistas, machistas y productores en masa de futuros terroristas.
Y ello, a pesar del hecho de que quienes destruyen hoy el mundo
no son musulmanes. Uno de ellos es un cristiano devoto, otro es
anglicano y el tercero es un judío no piadoso. Nunca he vivido el
sufrimiento que las mujeres palestinas padecen a diario, a cada
hora; no conozco el tipo de violencia que hace de la vida de una
mujer palestina un constante infierno. Esta tortura física y mental
cotidiana de las mujeres a las que se les priva de los derechos
humanos y de sus necesidades fundamentales de una vida privada y
de dignidad; mujeres a cuyas casas se entra con una orden judicial
a cualquier hora del día o de la noche, a quienes se ordena -bajo
la amenaza de un arma- desnudarse y quitarse la ropa delante de
extraños y ante sus hijos, cuyas casas son destruidas, que son privadas
de sus medios de existencia y de toda vida familiar normal. Todo
esto no forma parte de mi experiencia personal. Pero soy una víctima
de la violencia contra las mujeres en la medida en que la violencia
contra los niños es, de hecho, una violencia contra las mujeres.
Las mujeres palestinas, iraquíes, afganas son mis hermanas porque
todas nos encontramos atrapadas en el asedio de los mismos criminales
sin escrúpulos que se denominan dirigentes del mundo ilustrado libre
y que, en nombre de esta libertad y de esta ilustración, nos roban
a nuestros hijos. Además, las madres israelíes, estadounidenses,
italianas y británicas han sido, la mayoría de ellas, violentamente
cegadas y descerebradas hasta el punto de que ya no se pueden dar
cuenta de que sus hermanas, sus únicas aliadas en el mundo, son
las madres musulmanas, palestinas, iraquíes o afganas cuyos hijos
son asesinados por nuestros hijos o que se hacen explotar en pedazos
junto con nuestros hijos e hijas. Todas ellas están infectadas por
los mismos virus engendrados por los políticos. Y todos los virus
son iguales, aunque tengan diversos nombres ilustres, como Democracia,
Patriotismo, Dios, Patria. Forman parte de ideologías falsas y trucadas
cuya intención es enriquecer a los ricos y dar poder a los poderosos.
Todas nosotras somos víctimas de la violencia mental, psicológica
y cultural que hace de nosotras un solo grupo homogéneo de madres
enlutadas o potencialmente enlutadas. Las madres occidentales a
quienes se enseña a creer que sus úteros son una baza nacional,
lo mismo que se les enseña a creer que el útero musulmán es una
amenaza internacional. Se les educa para que no exclamen: "Yo le
he traído al mundo, le he amamantado, es mío y no le dejaré que
sea aquel cuya vida vale menos que el petróleo, cuyo futuro vale
menos que un pedazo de tierra". Cada una de nosotras está aterrorizada
por una educación que infecta el espíritu para que creamos que lo
único que podemos hacer es rezar para que nuestros hijos vuelvan
a casa o estar orgullosas de sus cuerpos muertos. Y todas nosotras
hemos sido educadas para soportar todo esto en silencio, para contener
nuestro temor y nuestra frustración, para tomar Prozac contra la
ansiedad, pero nunca para aclamar en público a Madre Coraje. Nunca
ser verdaderas madres judías o italianas o irlandesas. Yo soy una
víctima de la violencia de Estado. Mis derechos naturales y civiles
en tanto que madre han sido violados porque temo el día en que mi
hijo cumpla 18 años y me sea arrebatado para ser el instrumento
del juego de unos criminales como Bush, Blair y su clan de generales
sedientos de sangre, sedientos de petróleo, sedientos de tierra.
Viviendo en el mundo en el que vivo, en el Estado en el que vivo,
en el régimen en el que vivo, no me atrevo a ofrecer a las mujeres
musulmanas ninguna idea, cualquiera sea ella, sobre la manera de
cambiar sus vidas. No quiero que se quiten los pañuelos o eduquen
a sus hijos de otra manera, ni las presionaré para que constituyan
Democracias a imagen de las democracias occidentales que las desprecian
tanto a ellas como a quienes corren su suerte. Sólo quiero pedirles
humildemente que sean mis hermanas, expresar mi admiración por su
perseverancia y su valor, que sigan teniendo niños y que mantengan
una vida llena de dignidad a pesar de las imposibles condiciones
en las que las hace vivir mi mundo. Quiero decirles que todas estamos
unidas por el mismo dolor. Que todas somos las víctimas de los mismos
tipos de violencia, aunque ellas sufran mucho más y porque son ellas
quienes son maltratadas por mi gobierno y su ejército y con ayuda
de mis impuestos. El islam en sí, como el judaísmo en sí y el cristianismo
en sí, no es una amenaza ni para mí ni para nadie. Amenazas son
el imperialismo estadounidense, la indiferencia y la cooperación
europeas y el racista y cruel régimen israelí de ocupación. El racismo,
la propaganda en la educación y la xenofobia inculcada es lo que
convence a los soldados israelíes de ordenar a las mujeres palestinas,
amenazándolas con sus fusiles, que se desnuden delante de sus hijos
por razones de seguridad; la más profunda falta de respeto por el
otro es lo que permite a los soldados estadounidense violar a mujeres
iraquíes, lo que da licencia a los carceleros israelíes para mantener
a las jóvenes en condiciones inhumanas, sin la ayuda higiénica necesaria,
sin electricidad en invierno, sin agua limpia o colchones limpios,
y para separar a las madres de sus bebés y de los niños a los que
están amamantando. Para cerrarles el camino a los hospitales, para
bloquearles el camino a su educación, para confiscar sus tierras,
para arrancar sus árboles e impedirles cultivar sus campos. No puedo
comprender completamente a las mujeres palestinas o sus sufrimientos.
No sé cómo habría sobrevivido yo a tales humillaciones, a tal falta
de respeto por parte del mundo entero. Lo único que sé es que la
voz de las madres ha permanecido silenciada durante demasiado tiempo
en este planeta devastado por la guerra. No se oye el grito de las
madres porque no se invita a las madres a los foros internacionales
como éste. Esto lo sé, y es bien poco. Pero es suficiente para que
me acuerde de que estas mujeres son mis hermanas y que merecen que
yo grite y luche por ellas. Y cuando ellas pierden a sus hijos en
los campos de fresas o en las mugrientas carreteras cerca de los
check points [controles de seguridad], cuando sus hijos son abatidos
en el camino al colegio por hijos de israelíes que han sido educados
para creer que el amor y la compasión se ejercen dependiendo de
la raza y de la religión, lo único que puedo hacer es permanecer
a su lado y al de sus bebés traicionados, y preguntar lo que Anna
Akhmatova [poeta rusa (1889-1966)], otra madre que vivió en un régimen
de violencia contra las mujeres y los niños, preguntó. ¿Por qué
este hilillo de sangre desgarra el pétalo de tu mejilla?" * En francés
en el original.
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