Después
de comprobar que la policía civil odia a los extranjeros (nos corrieron
a los palazos limpios, llevando como recuerdo golpes en los brazos y en
el estómago. También los pies cortados, ya que al intentar
escapar hubo que correr sobre vidrios rotos estando descalzo. Todo esto
mientras nos gritaban "¡¡Voltem para Argentina seus maconheros
do caralho!!"). Fuimos a intentar dormir a nuestro improvisado campamento
(dos carpas iglú armadas en lo que sería el garage de un edificio
de dos pisos). No pudimos dormir, ya que una compañera aparecía
cada 15 minutos con algún trago en la mano, pretendiendo que la acompañemos
en su borrachera, ya casi amanecía...
Nos dormimos o casi... (no sé bien cuanto tiempo pasó porque
entre los golpes recibidos y que nos despertaban cada 15 minutos ya no recuerdo
bien). La cuestión fue que de repente sentimos que nos sacuden la
carpa y dicen "¡¡Acordem chegou a policia!!" (despierten
llegó la policía!). En un principio lo dudamos, pero como
seguían insistiendo, enseguida nos dimos cuenta de que realmente
eran policías. Nosotros éramos siete personas, cinco argentinos,
un brasileño y un alemán. Los primeros en salir de la carpa
fuimos el brasileño y yo, como los policías no entendían
mucho de lo que yo decía, se limitaron a hablar sólo con el
brasileño que, a su vez, nos traducía lo que los cerdos decían.
Se despierta el resto de la pandilla, al notar que los policías no
entendían nada de lo que decíamos, enseguida los empezamos
a delirar, como siempre quisimos y hasta ese momento nunca habíamos
podido. Desde cantarles "El twist de los ratis" con guitarra incluída,
tomarles toda una botella de agua fría que unos vecinos ejemplares
les habían traído, o ponernos a mear delante de sus narices,
dando cualquier excusa cuando pedían explicaciones. Habremos tardado
una hora en hacer cosas que, tranquilamente, podríamos haber echo
en 15 minutos (juntar nuestras mochilas, desarmar las carpas, etc.). El
alemán fue quien más se resistió a levantarse, y no
por rebeldía, sino por el exceso de alcohol en sus venas, creo yo...
Los policías, a pesar de que su propia existencia ya incomodaba,
estaban siendo bastantes más amables que sus colegas civiles conocidos
la noche anterior. Intentaron despertar a aquel, primero por las buenas,
pero a medida que se fueron irritando, empezaron a amenazar al único
ciudadano brasileño, diciendo que "Como él era el único
que entendía el idioma sería responsable por todos".
Finalmente el alemán se levantó, cantando a los gritos "Yo
quiero las mieles", los policías no entendían que decía,
pero querían callarlo como sea, algunos de nosotros le hacíamos
los coros, otros decíamos que, como era alemán no entendía
ni español ni portugués, y que por eso, se nos complicaba
la comunicación.
Nos toman los datos a todos, que obviamente fueron todos errados, sobre
todo los del brasileño, que sería sobre quien caerían
todas las culpas. Así, con todas nuestras cosas encima, nos fuimos,
no de ese balneario como pretendían los cerdos, sino de nuestro improvisado
campamento o "moko de macakinhos", en busca de otro moko que enseguida
fue hallado, bautizándolo con una fogata para cocinar unos pescados
que nos habían regalado en la playa unos pescadores... y así
fue, otra historia para el punk y sus derivados, historias de la vida real.